miércoles, diciembre 01, 2010

ઇઉ


De cuando atrapaba mariposas:

Corrían los años 20 cuando yo era una pequeña.

Caminaba por las sendas que me enmarcaban una ruta conocida.
Fue así, cuando atrapé a mi primera mariposa.

La madre dice que las mariposas blancas son el alma de los que me amaron en otra vida y vienen a visitarme.
Así que decidí atraparlas a todas.
Les puse un nombre y me fui a volar con ellas.

No solía quedarme mucho tiempo, ¡eran tantas!
me mostraron otros colores, me llevaron a la vida.

Corrían ya los cincuentas, no podía creer la cantidad de sentimientos que despertaba en las mariposas.
A veces creía, con certeza, que ellas querían volver, para besarme.

Una noche de mayo desperté con una mariposa en la boca. Como caramelo, la dejé jugar dentro de mi. Poco conocía yo de esos juegos.
Luego se fue y olvidé su nombre.

Caminé caminos raros. Me volví como un fantasma que camina de noche, queriendo encontrar el rumbo.
Sin luz no hay rumbo, decía mi mariposa favorita.

No le creí, la abandoné y seguí buscando sin saber lo que buscaba.
¿letras? ¿sensaciones? ¿sentimientos? ¿pertenencia? lo que encontrara era bueno, porque no sabía lo que buscaba.

A pesar de vagar como alma en pena por la noche, encontré mariposas rotas de muy buen aspecto. Mariposas que traían augurios, otras sonrisas, otras me enseñaban a volar, con su alas desgastadas de la luz del día y sus trajínes.

Muchas me entregaban sin pedirles todo lo que poseían: sus alas rotas, su miedo a la luz, su desprecio por la vida que las había dejado incompletas.

Corren los dosmiles. Yo misma me volví una de ellas. A base de convivencia, a base de rasgar mis alas en caminos que decidí volar.

Pero la luz, la luz no me deja, por más que intento esconderme en la noche.
Por más que le aseguro a las auroras boreales, que yo no pertenezco a éste mundo.
Se me aferra como plaga.

Las mariposas siguen ahí, a veces sin que me dé cuenta, salen revoloteando del refrigerador, me suenan en el celular,se me aperecen en la taza de café y yo, cuando las miro, les pongo un nombre.

Confesión de última hora: Hay una mariposa, a la que le estoy dibujando un nombre. Y por momentos, se me antoja restaurar sus alas. Siempre que la veo, me sonrío y le canto una canción. Ella, tal vez quiera irse, cerraré los ojos y aunque no esté, seguiré tarareando para ella.

0 Hojas en el viento: