
El barullo que solo se conjuga con las voces la de gente, todas hablando a un mismo tiempo, como si el lenguaje no existiera.
Edith Piaf, cantaba en la bocina La vida en Rosa.
Mis eternos e inacabables artículos en la pantalla de la computadora me miraban con fastidio.
Tomé un libro de mi bolso. Yo también comenzaba a detestarlos.
Media luz adentro. Frio afuera. Como el vientre de mi madre.
Alguien que me resulta familiar se acerca a saludarme y no logro recordar su nombre
sonrío por compromiso, pero la verdad es que...
se fue a prisa, el mundo real le exigía su presencia, (para mi fortuna)
Toco las hojas de mi libro y me bebo una página de un tajo,
el frio de Buenos Aires en Octubre tenía toques siniestros.
Levanto la mirada para buscar otro café.
Y me encuentro con una silueta a contra luz.
Cabellos largos para ser varón.
Lentes y algo que le cubría color beige
¿color beige?
El no me mira, porque estoy escondida detrás de la vida, detrás de mi libro, detrás de la pantalla
como siempre desde que tengo memoria, escondida del barullo, de la gente y sus pretensiones.
Vuelvo la mirada al libro, pero ésta vez sin saber qué es lo que leo.
Edith Piaf se quedó callada. Le cedió la batuta al Jazz.
Me pregunto como la vida puede transcurrir detrás de todo.
Él se vira sobre su eje.
Ahora puedo verlo mejor y no quiero dejar de mirarlo.
A mí, como siempre me protege un velo que es tan siniestro como Buenos Aires.
La primera vez que caminé por Central Park, había bruma.
Húmeda. Fría. Nostálgica. Como la muerte.
Todo era para mí. Y sin embargo no lo tenía.
Cerré la computadora, caminé frente a él para lavar mis manos.
Cuando volví a mi mesa el ya no estaba en la barra.
Me sonreí pensando en sus cabellos largos.
Pedí mi cuenta.
¿Porque tenía esa mirada tan triste?
¿Porque estaba solo, (como yo) en la barra del café?
¿Por qué tuvo que irse?
Saco un billete rojo de mi bolsa.
Me paso bálsamo sobre los labios.
Me corrijo el cabello, como si eso pudiera ser posible.
Al salir, siento el frio de la ciudad.
Yo sé que también Buenos Aires me ama. Me ama Central Park. Me ama Piazzolla y yo...
yo no logro encontrarme siquiera en los reflejos.
Camino decidida hacia la puerta, cruzando un jardín fabricado.
Me difumino entre la noche.
Al llegar casi a la puerta, él está ahí, en una mesa pequeña, mi corazón se acelera.
Quiero pedirle, quiero decir: darle.
¿Tendrá un nombre?
retrocedo dos pasos
me acerco a su mesa.
Está invadida de gente.
La sangre, el corazón, los colores.
El frio.
Es tarde y todavía tengo que llegar a la avenida corrientes, pues mi vuelo se va y el viento le juega los cabellos.
Se ríe, pero su risa es comprometida.
Miro el reloj.
Retomo los pasos, salgo decidida.
¿Dónde dejé mis llaves?
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