Aún recuerdo el olor a despedida de mi antigüo departamento.
La angustia persistente en el sillón que pegado a la ventana, cubría el vino tinto que anesteciaba mis miedos.
La composición de mi departamento entonces, eran cajas, cajas, sarténes únicos en la estúfa. Sillones negándose al olvido. Nostalgia pegada en las paredes, con su hedor de vagabundo.
Quise detectar de donde vienen los recuerdos. ¿es que acaso sus fantasmas despertaron cuando comenzamos a poner movimiento a la casa?
Imposible de nuevo. El más pequeño de la casa, cual leyenda persa, estaba ya informado. Ingenuamente el más pequeño de la casa visualizaba vacaciones, en vez de una estrella reventando.
El padre y yo, tuvimos reflujo de lágrimas.
El padre dijo: Francamente yo te quiero muchísimo. Mientras sostenía algo circular entre las manos. [pero llega un momento en la vida en que quererse muchísimo ya no basta. -pensé- y rejurgité lágrimas de nuevo]
Todo era como en cámara lenta. Hasta el oxígeno.
No supe ni cuando respondí una llamada que me cuestionó en mil tonos diferentes la seguridad de mi desición. Y yo respondía con preguntas sobre el trabajo.
Me retumban las lágrimas interminables inexplosivas, tímidas.
Fumo.
Uno
dos
tres
libros en la maleta. (¿dónde estará la más grande?) -pensé-
Te extrañaré mucho. -dijo él- y yo -respondí-
Y sonreí.
Imposible, de nuevo.
Un libro ahí dijo que siempre se puede lograr lo que uno visualiza. Y pensé que habría sido maravilloso que ese libro lo tradujeran al parcel. Y sin traducción no lo quiero.
La tristeza me lleva a sentarme en el sillón que me vió hacer el amor.
Sonó estridente el teléfono que respondí por inercia. Juré que llamaría luego. Mentí.
Pensaba en mi hijo y en las calles que le mostraría. En muchas ilusiones que a hoy sé que no pasaron y tal vez no pasarán.
Nos amamos mucho el último mes. Han de saber. Y las sonrisas y las noches previas al holocausto, casi-casi- me dejo engañar por los divertidos hologramas.
Me enfatizó que SUS libros de Borges no van a ningún lado. Y le respondí con una sonrisa.
Casi le regreso la nota la salvaje diciendo que los tintos se quedaban conmigo. Pero él de inmediato me diría lo mismo que durante 8 años. Que el tinto es de mujeres. Que para los hombres tequila. Y entonces lo odiaría de nuevo, una vez más.
Me preguntó ingenuo que pasaría con las vacaciones de Noviembre y los amigos que nos acampañarían.
Canceladas. Sonreí incrédula, si quiere el enano, puede acompañarte.
Dijo jugando que lo mejor de todo esto es que ya no tendría que ver nunca más el sol y la luna que están en la sala, poquito me faltó para decirle: lo mejor de esto es que ya no tendré que aguantarte a ti más.
-Pero no era cierto-
Las circunstancias hicieron que dos niños jugando a los adultos se enamoraran, nada más. Estaba en lo profundo de mis cavilaciones cuando sonó su teléfono. No me interesó, no me urgía saber quien era, casualmente el mío sonó dos minutos después, me arranca un par de risas y me dice el ansiado: te estoy esperando.
Y de fondo, las canciones de mi noviazgo, echando nostalgia.
0 Hojas en el viento:
Publicar un comentario en la entrada