Roberto nunca logró estar solo. Desfiles de compañeros escolares que lo buscaban para las cosas más absurdas y las más increíbles y curiosamente podrían ser la misma cosa al mismo tiempo.
Roberto con una talla de 1.75 aproximado. Con el cuerpo tan talla media que renombró la forma de llamarle a los perfectos.
Poseedor del caminar más desenfadado y una colección de camisas rojas que ni siendo obsesivo podría explicar.
Mi suerte me guiñaba el ojo al vigilar su llegada por la noche, instalada en un ventanal frente a su casa.
Roberto amado por todos. Cosa posible. Sonrisa de niño, compromiso de adulto. Por eso es que Roberto no lograba la soledad.
Y yo lo espiaba cada mañana al salir a la Universidad y al llegar, con su camioneta roja, frente a su puerta, yo deseaba que pronto donde se estacionara fuera del otro lado de la acera.
Un día, pues, lo hizo. Y no sólo lo hizo, sino que pareciera haber elegido el momento único del día en el que yo estaba en sandalias y el sol había salído apenas hace nada.
Estando a apenas una hora del paso Texas en Juarez, lógico resulta que la gente tenga abiertas puertas y ventanas y ventiladores encendidos.
Roberto se sentó a la mesa del desayunador mientras a mi, se me hacía un tornado mental, su presencia y además la indolencia que parecía provocarle que una MUJER estuviera a unos metros de él, petrificada, en pijamas y consternada porque parece ignorada.
Ustedes ya deben saberlo, todo esto ocurrió en menos de un par de segundos.
Roberto levanta su talla media, su 1.75, sus piernas fuertes, sus brazos varoniles, sus ojos claros hermosos, toda su chispa y carisma la levanta de su silla, de un salto en cuanto me ve. Un norteño, con un carajo, un caballero.
La dueña de la casa se apresuró a presentarnos. Luego a forzar una invitación a salir. Si bien era cierto que si me decían el día que saldríamos, yo podría adivinar el color de ropa y música que va a escuchar, no implicaba que él ...
¿qué te parece el viernes en el Tex Mex? -rompió mis pensamientos-
No. No creo.
Tras su cara de asombro, vino la mía. Exactamente ¿qué había dicho, dije que no?
( - Querido blog: ésta noche he descubierto lo que sienten los adultos incontinentes)
¿qué te parece si te llamo en la semana y vemos si te haces un tiempo? -dijo él-
Cuando escuché esas palabras, fuera del rebote mental en el cerebro de una niñaMUJER de apenas 19 años, supe que Roberto además, era experto manejando crisis. La supervivencia física,tambien, con él estaba asegurada. Tras el intercambio de números, vino un beso en la mejilla y la consiguiente sensación eléctrica.
Describir el encuentro de ese día en un antrejo venido a menos, con jeringas llenas de SIDA contrabandeandose en la pista y las grapas y los yelos llenos de eter, no es fácil de empezar. El antrejo me parecía la clásica escena surreal, donde ocurren cosas horribles, con hermosos violines de fondo. Roberto bailaba y sonreía para mi. P.a.r.a. M.i.
A esa salida le vinieron muchas más. Por fortuna más silenciosas y menos surreales. Paseos de la mano por los parques, aventones express a la Universidad, cafés, películas de media noche, comidas de fines de semana con sus vecinos, que tal y como lo imaginé una vez, hicieron que su camioneta, se aparcara al otro lado de la acera.
De ese primer día que ví mil granos de trigo en sus ojos al día en que dijo que se iría a estudiar a Los Ángeles pasaron 6 meses.
Por más que lo intentamos, nunca logramos pelear.
Un caballero en todos lados desde el momento en que propulso su cuerpo de la silla, para poder mirarme los ojos.
La promesa fue muy clara: termino la carrera y regreso para que nos casémos. Y acepté sabiendo que no iba a suceder. Pero acepté para hacerlo feliz.
Nunca más volvimos a vernos.
Hoy Roberto vino a mi mente, porque hace años como 4, yo ojeaba un album viejo, soportaba los atardeceres en mi ventana, pero sin nadie a quien añorar, con 8 años de promesa intermitente.
El número de su teléfono sonó como sonrisa prometida tras una foto de nosotros juntos, no dudé nada, decidida, marqué el juego de posibles saludos, un timbrazo, dos, tres -¿Bueno? -¡Hola! ¿eres Lupillo? -¿Quién habla? -Soy Yaz! La novia de Roberto, hace 8 años. ¿Me recuerdas? -¡cómonomija! ¡qué gusto hablar contigo!
-Oye qué lindo. Y Roberto, ¿está por ahí? -Después de segundo y medio supe que lo escucharía a continuación no me iba a gustar, pero necia decidí quedarme en la línea para escuchar lo irremediable-
-Roberto, se mató hace seis meses.
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-¿Sí?
-Sí.
Perdona mi llamada Lupillo, pero es que estaba escuchando música y había una canción que le gustaba a tu hermano. (intenté sin éxito explicarme)- No te preocupes, ¿estás bien?, me despedí sin responder la pregunta. Y dejé ese recuerdo abierto, porque todo lo que tiene dentro, es una explosión de luz.
Nunca borré esa canción del reproductor. Y entre 24 mil canciones en random, alguna vez en algunos años, Roberto viene a mi mente, como hace 11 años, como hace dos y como ayer.
Sonaba entonces, suena ahora y me parece que no dejará de sonar.
"He pensado llamarte y citarte, para que me digas que pasó ♫♪"
Una cancioncita norteña de amor.
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