jueves, junio 02, 2011

1 de junio de 2011 2:10pm

Hoy hablé con 6 hombres que defienden el agua. Que han hecho frentes de protección de un ojo de agua que abastece una ciudad completa desde hace 150 años. El ojo de agua se está secando. La forma de defender el agua de esos hombres ha sido concientizar a la gente sobre las ventajas de cuidar los mantos acuíferos. De los 6, cinco son campesinos. El otro es un filósofo, sociólogo, antropólogo de no más de 40 años. Muy bien parecido, pero sobre todo, muy callado. Muy lúcido. Viste como antropólogo. Traía en las manos un grueso libro de Douglas Coupland cuando entró a la cabina. Me permití invitarlo otro día a charlar sobre proyectos orgánicos. Dijo que sí y ofreció el café. No pude más que sonreírme, luego me dio a grandes rasgos su dirección, entre la carretera a … esquina con una clínica de … doblando a la derecha, ¿o a la izquierda? Cruzando por… no tengo ni idea de lo que me dijo, pero sí recuerdo su calmada actitud y mano gruesa y fuerte estrechando la mía al decirme ¿Yazmín, me dijo Yazmín? Dije- sí. Yazmín. Como en el capítulo seis de rayuela, donde la maga escucha el Jazzmi-n Blues ¿no? Dijo jugando. Me sonreí de nuevo y le dije: la maga y yo en la misma mención, alguien aquí corre peligro. – Y no eres tú, dijo. Me sonreí y cerré la boca. Yo estoy en esa estación por otras cosas, no para coquetear con líneas cortazarianas, tampoco para reafirmar mi super yo, tampoco para romancear con el antro-filo- socio- polosofologo. Yo he venido a estar en silencio. Y durante toda la charla, vi que el sabe callarse muy bien.

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